La cuestión sucesoria, planteada ante la falta de descendencia del monarca, absorvió los últimos años del reinado, y la corte se dividió en dos bandos que propugnaban las candidaturas respectivas del duque Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, y del archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo I.
Pero a despecho del caos palaciego, y mientras Castilla acababa por hundirse, los países de la corona de Aragón desarrollaron un activo programa descentralizador y neoforalista, conectado con la recuperación periférica que colmó sus ansias políticas e incluso les permitió intervenir -a partir del golpe de estado que Juan José de Austria dio, apoyándose en ellos, contra Nithard (1669), en los destinos de la monarquía sacudiendo el ostracismo del Hechizado.
Las relaciones internacionales giraron, durante el último tercio del Seiscientos, en torno a la confrontación de la Francia hegemónica de Luis XIV con los países europeos.
Desde 1667 a 1697, el imperialismo francés, guerras de Devolución, Gran Alianza de La Haya, "reuniones" y Liga de Augsburgo, jalonadas por paces ventajosas: Aquisgrán, Nimega, Ratisbona, Ryswick, se volcó preferentemente sobre la corona española, acelerando su ocaso interior y recortando sus estados patrimoniales (Franco Condado, plazas fronterizas flamencas). Obsesionado por impedir la división de la monarquía, Carlos II legó en favor del pretendiente francés el 2 de octubre de 1700 y murió poco después (1 de noviembre); sin embargo, la desmembración se produjo al concluir la sangrienta guerra de Sucesión (1702-13), que afirmó la corona de los Austrias en las sienes de Felipe V de Borbón.