Gustavo
Adolfo desembarco en el
continente, al frente de sus tropas, el 6 de junio de 1630, iniciando una ofensiva
que durante 2 años sembraría el terror en Europa y daría
un vuelco al curso de la guerra.
Los ejércitos suecos, engrosados por soldados de otros estados protestantes,
avanzaron hacia el sur, llegando hasta Praga.
Desde allí, volvieron hacia el Norte, atravesaron el Rin y, durante 2
años demostraron su poder ofensivo, infringiendo varias derrotas a los
ejércitos imperiales, hasta que Gustavo Adolfo murió a la cabeza
de sus tropas, en Lützen en 1632.

La
derrota de los ejércitos de Cristian IV de
Dinamarca ante las tropas imperiales consolido aun mas el poder del emperador
sobre los estados alemanes. Consciente de su fuerza, el emperador promulgo en
1629 el "edicto restitución" que obligaba la restitución
a la Iglesia Católica de los bienes que le habían sido arrebatados
desde 1552.
Esto despertó las iras de los príncipes protestantes que encontraron
en Gustavo Adolfo de Suecia el nuevo defensor de
la causa protestante.
Con la intervención de Gustavo Adolfo en
la guerra, se inicia un nuevo periodo en la guerra de los 30 años: el
periodo sueco. Durante el reinado de este monarca, Suecia, que incluía
la actual Finlandia y amplios territorios en Rusia, Polonia y Alemania, se convirtió
en la mayor potencia del norte de Europa, gracias a un poderoso ejercito nacional,
a cuyo mando se situó el propio rey.
La intervención de Suecia en la guerra se debió a varios motivos.

Así
todo, la guerra continuó siendo favorable a los protestantes, lo que
motivó a Felipe IV a enviar a los Tercios Viejos españoles de
Italia en auxilio de las tropas imperiales. El enfrentamiento fue en Nördlingen
en 1634.
Las tropas españolas fueron mandadas por el propio hermano de Felipe
IV, el cardenal infante don Fernando.
Hasta este momento los suecos habían cosechado numerosas victorias, pero
la experiencia y disciplina de los Tercios Viejos, que con tan solo 3.250 soldados,
obtuvieron una aplastante victoria y acabaron con la leyenda de la imbatibilidad
sueca.
Aunque ambos bandos demostraron
un enorme valor en la batalla, Nördlingen
fue una derrota total para Suecia, lo que significó su ocaso como potencia
Europea, y solo la intervención de Francia, pese a ser católica,
salvo la causa protestante.
La ayuda prestada por el rey de España al emperador afianzó el
poder de este en Europa, pero no hizo que se decidiese a ayudar a Felipe IV
a resolver sus problemas en los Países Bajos.
Ni siquiera la intervención de Francia en la guerra consiguió
que el imperio se decidiese a socorrer a una España que lo había
dado todo y había hecho suya la causa del emperador.
En
primer lugar, la incapacidad de los príncipes protestantes para resistir
el empuje del catolicismo, hizo que Gustavo Adolfo, también protestante,
se decidiera a apoyar a sus correligionarios.
Además, la presencia de tropas imperiales a orillas del Báltico
ponía en peligro los deseos del monarca de convertir este mar en un lago
sueco para controlar el comercio.