El éxito de la guerra antimusulmana
indujo a los reyes, especialmente a Isabel, presionada por sus confesores,
a unificar la religión de sus subditos, por lo cual en 1492 se procedió
a expulsar a los judíos y a adoptar diversas medidas para acelerar
la conversión y asimilación de la población musulmana.
Como monarca de Aragón, Fernando obtuvo de Carlos VIII de Francia la
restitución de la Cerdaña y el Rosellón a sus estados
en virtud del tratado de Barcelona (19 de enero de 1493).
En Italia se enfrentó al monarca francés, de lo que resultó
la conquista del reino de Napóles (1504).
Finalizada
la Reconquista, el almirante genovés Cristóbal Colón, al
servicio de los reyes, descubrió América (12 de octubre de 1492),
continente hacia el que se volcaría la tradición militar y expansiva
de Castilla.
Estos
éxitos fueron posibles gracias a una simultánea reorganización
interior. En Castilla, mientras la Santa Hermandad garantizó la paz pública,
los monarcas prescindieron de las Cortes sustituyéndolas de hecho por
el Consejo Real, y se aseguraron el control de las ciudades mediante los corregidores.
En Cataluña, Fernando se limitó a establecer el sistema de insaculación
(votación secreta) para la elección de los cargos municipales,
con lo cual obstaculizaba la posible formación de grupos de oposición,
y a mediar en el pleito remensa con la sentencia arbitral de Guadalupe (1486).
Colón
ante los Reyes Católicos a la vuelta de un de sus viajes.